Los alumnos de Besht, o Baal Shem Tov, fundador del movimiento jasídico contaron muchas historias judías. En una historia, sus alumnos acompañaron al rabino en un viaje inesperado a una aldea lejana. Se sorprendieron cuando Baal Shem Tov pidió que detuvieran los caballos al lado del bar del pueblo. El dueño del bar salió para saludarlos, mas sus ojos se veían aterrorizados al mirar al rabino.
“¡Rabino! ¡He pecado! ¡Pensé que nadie iba a saberlo, pero usted sí!"— dijo, y se echó a llorar. Se veía muy perturbado. Entonces el rabino le pidió que se calmara y le contara lo que había sucedido.
El dueño del bar le dijo al justo que él era el único judío de la aldea. Servía a los goyim (personas que no son judías) para ganarse el sustento. Siempre oraba solo durante el año pero cada Yom Kippur iba a la ciudad a orar a la sinagoga.
Ese año, cuando iba camino a la ciudad en vísperas de Yom Kippur, se dio cuenta de que se había olvidado de cerrar la puerta del sótano. Temía que los goyim entraran al sótano, se llevaran todo, y que hasta prohibieran el vino restante a los demás judíos. Calculó el tiempo y vio que podía regresar a casa, asegurar el sótano y volver a la ciudad antes del atardecer.
Cuando llegó a su bar, se encontró con el Terrateniente en la puerta, quien lo felicitó por abrir el bar cuando su garganta estaba seca sedienta de brandy. Tuvo que atender al Terrateniente orando para que este terminara de beber rápido. Mientras tanto, más y más goyim inundaban el bar deseosos de comprar más y más licor, y no podía cerrarles la puerta en la cara.
Cuando finalmente el último cliente salió del bar, el dueño miró su reloj y se dio cuenta de que no iba a poder llegar a la sinagoga antes de Yom Kippur. ¿Qué podía hacer? Jamás había pasado este día solo; no tenía un libro de salmos y no sabía los salmos de memoria. Temblaba del miedo y la ansiedad. Abrió la boca y le salió una plegaria espontánea y personal: “Amo del Universo, Dios Misericordioso y Tolerante, conoces los pensamientos y los sentimientos del corazón humano; sabes que deseo profundamente orar ahora en la sinagoga con mis hermanos del alma. No sé orar, no tengo un libro de salmos, por favor acepta la única plegaria que ahora puedo ofrecerte, pues deseo confesarme y pedir un año bueno y dulce.”
Las únicas palabras que sabía en hebreo era el álef-bet hebreo. Con lágrimas en los ojos, recitó las letras y le pidió a Dios: "Por favor, ¡acepta estas letras, Amo del Universo! De ellas puedes descifrar las palabras e intenciones correctas. ¡Por favor, concédeme un buen año!”.
Cuando el dueño del bar terminó de contar esto, le dijo al rabino: "Estoy seguro de que está aquí porque sabe de mi pecado. Sé que hice mal. Por favor, muéstreme el camino al arrepentimiento".
Baal Shem Tov sonreía complacido y los ojos le brillaban. "No te preocupes", dijo con afecto, "¡tu plegaria fue la más pura e inocente que se le haya ofrecido a Dios en muchos años!”. |